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Profesores universitarios: el momento de la educación pública

25/10/2022
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Profesores universitarios: el momento de la educación pública

25/10/2022

Francisco J. Tapiador

Catedrático de Física de la Tierra

Universidad de Castilla-La Mancha

Francisco.tapiador@uclm.es

 

En un mundo global y digitalizado, el profesor universitario que emplea la lección magistral (clase presencial) y conversa con los alumnos individuamente (tutorías) es una figura aún más valiosa que cuando no existía internet. Sin el trato directo, sin una guía y una formación personalizada, el aprendizaje deviene una sucesión alucinada de destellos que no sirven para formar a la persona ni en técnicas intrincadas y que requieran habilidades complejas, ni en la manera de incrementar el conocimiento humano.

Supongo que nadie se sometería a un triple baipás cardiaco si el equipo de cirujanos tuviera que consultar en Google los términos anatómicos del protocolo de la operación que están leyendo en tiempo real en un monitor, o si esos médicos hubieran aprendido a coser una arteria viendo vídeos de youtube en vez de habiéndolo practicado cientos de veces bajo supervisión experta.

¿De verdad que el lector sometería a su hijo a un trasplante de riñón que le hiciera alguien que hubiera aprobado la carrera sin que nadie le examinara, alguien a quien nunca le hubieran hecho ver que hacía algo mal? Pues esto es precisamente lo que propugnan los detractores de la educación personal.

Da mucha pereza tener que rebatir a la gente que escribe cosas como que “puede ser peligroso tener docentes analógicos, ciegos a los cambios que suceden en su entorno y desconectados de la realidad”, o esta otra frase, que parece sacada de un curso motivacional de una academia: “La inteligencia colectiva, la cooperación sin fronteras o el trabajo virtual son instrumentos del día a día del alumnado, en todos los sectores”. (Cabrera et al. 2020) Tanta pereza como decirle al que te incordia por teléfono a las cuatro de la tarde que no, que no necesitas un préstamo preconcedido o cambiar de compañía de teléfono, pero hay que hacerlo. 

Hay que hacerlo porque cada vez está más claro que la comunidad universitaria no debe permitir que unas ideas educativas estrafalarias, pseudocientíficas e interesadas, se adueñen de la conversación y acaben llegando a las aulas porque algún político tenga una ocurrencia. Así como hay que mantener el monte limpio para que cuando llegue el verano no se incendie, es necesario que de vez en cuando alguien se moleste en barrer la hojarasca mental que pulula por el sistema educativo, no sea que un día tengamos un disgusto y acabemos con generaciones de estudiantes con título pero que no saben hacer nada, y además atados a unos préstamos que no pueden pagar.

Un artículo como el mencionado de Cabrera et al. (2020) epitomiza la táctica, estrategia y discurso de una visión que se autoproclama digital como técnica de mercado, pero que en el fondo, en sus objetivos y métodos, es profundamente reaccionaria. El artículo es una buena muestra del enfoque de sus propuestas y de la manera de expresarse, con afirmaciones contundentes, grabadas en mármol, que se hacen pasar como verdades incontestables y demostradas. Así pues, lo iré parafraseando para recorrer el conjunto de sinsentidos, vacuidades, intereses espurios, y afirmaciones torticeras que –naturalmente, a mi juicio– lo plagan.

Una idea muy repetida por esta gente es que no es necesario memorizar nada porque todo se puede encontrar en internet. Hoy, puede que toda la información está al alcance de un click, pero como sabe cualquiera que ha navegado un rato por internet, la información sin una estructura previa, sin preguntas que contestar, sin saber qué buscar, sin unas cajas en las que meterla una vez obtenida, no solo es inútil, sino que abruma y aturde. No forma, sino que solo informa.

La idea, que viene a ser el equivalente a ‘todo está en las bibliotecas’, también ignora cómo se construye el conocimiento en las ciencias básicas y aplicadas, así como en las ingenierías. El conocimiento avanzado hay que adquirirlo paso a paso, de forma enlazada y secuencial, desde lo sencillo a lo más complejo. Se aprende primero el nombre de las cosas: vector, 1-forma, variedad topológica, espacio de Hilbert, y luego se descubren cosas sobre el universo empleando esos términos, pero no por capricho, sino porque no hay otros. Sin asentar estos conceptos no se puede pensar en algo complejo. Lo mismo sucede con las palabras y los conceptos en las humanidades y en las ciencias sociales. Sin vocabulario solo se pueden decir obviedades, el tipo de cosas que diría cualquiera sin formación. El procedimiento alternativo de ir coleccionando meras descripciones de hechos quizá valga para saberes líquidos, de esos por los que nadie está dispuesto a pagar a otro por hacer, pero no para construir puentes, trasplantar riñones, o poner satélites en órbita, que sí que son trabajos por los que gente suele cobrar un buen dinero.

La propuesta de buscar en internet cuando se necesite tampoco sirve, de hecho, para otras actividades intelectuales por las que la gente paga menos, pero que también son importantes para la salud de un país, como profundizar en la historia europea, analizar los movimientos políticos emergentes, discutir los aspectos éticos de la eutanasia, o proponer la estructura ferroviaria óptima para un país como el nuestro. Para cualquiera de esas actividades se necesita ir conociendo el vocabulario con el que se construyen las afirmaciones que sustentan la argumentación, o ni siquiera se entenderá de qué se está hablando. Naturalmente, para aprender esas cosas hay que consultar bibliografía y recursos, pero nadie ha cuestionado nunca que el soporte ha cambiado y que ahora podemos, por ejemplo, consultar manuscritos de la Biblioteca Nacional sin movernos de casa en vez de tener que darnos el paseo hasta Madrid. Lo que no se puede hacer es confundir el medio con el fin.

¿Por qué se afirma en ese tipo de discursos que atacan a la educación de calidad que es “peligroso tener docentes analógicos”, y se asume que estos son “ciegos a los cambios que su entorno y desconectados de la realidad”? Al profesor tradicional, el supuesto analógico, se le pinta como alguien mayor, con una mala actitud ante el aprendizaje, que no quiere evolucionar con la sociedad, que no tiene curiosidad y sin vocación. Hasta se lamentan de que estos viejos sean funcionarios, porque así no les puede echar (o peor aún, reeducarle en sus ideas). ¿Por qué tanto interés en estigmatizar primero y acabar después con este tipo de profesor?

La razón es que estos suelen ser el último baluarte ante la barbarie. Hoy, estos profesionales son los únicos capaces de evitar lo que pretenden los que propugnan las ideas supuestamente novedosas pero en el fondo conservadoras, y que no es otra cosa que formar personas desvalidas y dependientes en vez de intelectuales que ocupen los estratos más altos de la sociedad del conocimiento. La universidad, las carreras serias, están para formar intelectuales, personas con una cultura mucho mayor que la media, con conocimientos muy específicos y difíciles de adquirir, y habilidades que solo se adquieren y se afinan con la experiencia y la práctica. Líderes en sus campos. Personas que piensen por sí mismas y que sean capaces de hacer avanzar el conocimiento de la humanidad. Y este perfil no les conviene.

El operario que quieren las empresas que están en este negocio es dócil, dependiente, acrítico, nada conflictivo, emocional, amable, incapaz de discutir, y centrado en su propio bienestar emocional pero empático con lo que quieren sus empleadores. En resumen, un títere al que tener trabajando todo el día sin que se dé casi cuenta con la excusa de la flexibilidad de horarios. Alguien para quien su vida sea estar en la red a todas horas ya desde niño, vigilado por sus jefes con la excusa de ‘estar en su mundo’. Un yonki digital que trabaje a cambios de likes y de las palmaditas en la espalda que le da un bot.

¿Cómo se pretende formar a esos operarios, a los trabajadores ideales de las empresas que quieran reducir costes salariales? ¿Qué cambios quieren que hagamos en la universidad? El recetario de los autodenominados ‘profesores digitales’ está descrito en sus publicaciones: quieren una presencia constante en redes sociales, en la que los profesores estén junto con los alumnos a todas horas, siempre ahí, disponibles, vigilantes; discutiendo con los estudiantes por whatsapp, inmiscuyéndose en sus ámbitos digitales y en su vida personal para motivarles, haciéndoles vivir todo el rato inmersos en un entorno virtual al que sean adictos desde la infancia, pero adictos felices, incapaces de cuestionarse su vida porque ni siquiera disponen del vocabulario para hacerlo. Quieren seres débiles que habitan su mundo feliz y que cuando tengan dudas las resuelvan tomando su soma digital.

Se les quiere formar además a través de cursos en línea con los que poder multiplicar los beneficios. ¿Para qué dar una clase personalizada a 25 alumnos y tener que hablar con cada uno más de media hora a la semana en el despacho, si se la puedes dar por internet a 25000? Incluso reduciendo el coste de la matrícula a la mitad, se gana 500 veces más dinero. El modelo de enseñante superior que quiere los que propugnan esta forma abominable de imprimir títulos es el piramidal, por el que un único profesor con currículo suficiente para aparecer como titular de la materia coordina a una legión de asistentes mal pagados que se limitan a pastorear a decenas de alumnos cada uno; un sistema que ya siguen en las peores universidades privadas. No sorprende por tanto que el otro modelo de profesor se vea como una amenaza. Es una amenaza a su negocio y a su cuenta de resultados.

Es también irreal mantener que hay una brecha digital entre generaciones. Muchos de los profesores supuestamente analógicos aprendieron a programar antes de que nacieran los padres de sus estudiantes. Lo que no hay, como afirman, son nativos digitales. La idea de que un estudiante, por haber nacido en el siglo XXI domina la tecnología de la época porque presiona botones en el móvil a toda velocidad es como suponer que los nacidos en los años cuarenta dominaban la radiación electromagnética porque sabían cambiar de canal de televisión con el mando a distancia.

¿Cómo se forman en realidad universitarios? Mediante un trato personal, individualizado. Es decir, mediante todo lo que se critica al profesor tildado de ‘analógico’. Afirmar que esos profesores no son capaces de adaptarse al cambio, que no son creativos o que no innovan es una afirmación interesada, además de en general falsa. Es mucho más innovador el docente que revela a sus estudiantes que tras estos intentos de destruir la educación superior están los intereses de algunas empresas para hacerse con el negocio de la formación de operarios y esclavos tecnológicos, que el que se limita a contar obviedades precocinadas a través de la fibra óptica.

Otra crítica muy repetida es que existen contenidos obsoletos en las carreras y que la universidad no forma para el mercado laboral. Esto lo único que pretende es convertir a la universidad en un departamento de formación, que es algo que deberían tener las empresas. Esa no es la función de la universidad. La universidad está para formar intelectualmente, descubrir lo oculto, construir lo que no existe e inventar el futuro, no para enseñar a apretar los botones del aparato concreto que tiene una empresa dada en un polígono industrial del extrarradio. Esto es algo que los políticos, especialmente los de las regiones más atrasadas, no entienden. La universidad no es una escuela de formación profesional, ni está para servir a los intereses del tejido productivo de alrededor. La universidad es, como su propio nombre indica, universal, y su objetivo es producir conocimiento nuevo.

Otras afirmaciones que se hacen a menudo, y en particular las que hacen Cabrera et al. son simplemente falsas, y cualquiera que haya dado clase de algo serio en la universidad debería poder rebatirlas. Decir que “el conocimiento (teoría) y la comprensión y la aplicación de esos contenidos teóricos (resolución de problemas y sesiones prácticas) son niveles que la tecnología digital ya proporciona sin necesidad de que un profesor-sabio los proporcione” es no conocer la práctica educativa real, ni cómo se enseña y se aprende, por ejemplo la Física a nivel universitario. Pero no solo la física. La idea no se puede aplicar ni siquiera a actividades sencillas. Un ejercicio muy revelador al respecto es intentar montar y disparar un objeto tan simple como un arco recurvo sin un maestro, a base solo de recursos digitales. Y esa tarea deportiva es trivial comparada con algo como poner a punto un banco óptico en un laboratorio que mida reacciones con pulsos láser de fetmosegundos.

Los padres y madres que quieran educar bien a sus hijos deberían tener mucho cuidado en mandarles a sitios en los que no se les exija, en los que estén conectados todo el día a internet con y sin sus profesores, en los que no se pise una biblioteca, en los que se les diga que no hace falta memorizar, en los que se repita como un mantra que todo el conocimiento está ya en internet, en el que haya ‘docentes estrella’ con ‘marca digital’, en el que se garantice un título al cabo de cuatro años, y en los que todo gire alrededor de los deseos y necesidades del alumno. Les darán ese título tan deseado sin hacer mucho e independientemente de las capacidades, pero será caro, y además no servirá de nada en el mercado laboral salvo que ya tengan contactos e influencias. Quizá esos estudiantes se coloquen durante algún tiempo en una de las empresas que subvencionan este tipo de educación, pero les pagarán lo mínimo posible, y solo hasta que llegue una nueva promoción más actualizada que ellos que les sustituya como a un móvil anticuado. Fuera de ese ecosistema, estarán desvalidos y acabarán en trabajos para los que no hace falta haber pasado por la universidad.

Hay otros lugares en los que se les formará intelectualmente. Donde les exigirán y no les aprobarán si no son capaces de superar un umbral, en el que se les invitará a construirse leyendo libros, muchos libros; en el que tendrán que esforzarse para expresarse correctamente tanto por escrito como oralmente, repetir tareas hasta que las hagan bien, en el que tendrán la oportunidad de conversar todo lo que quieran durante horas con científicos que son expertos internacionales en diferentes ciencias, en los que se les retará intelectualmente, en el que irán a aprender de gente que sabe mucho más que ellos, en las que su dinero no valdrá nada a efectos académicos, y en los que no se les regalará tampoco nada que no se ganen trabajando. Sitios en los que saldrán mucho más listos de lo que entran, más críticos, menos conformistas, más curiosos, menos vulnerables, y más exigentes. Esos sitios son las universidades públicas españolas. Al menos de momento.

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